EduInclusiva valida modelo que busca llevar la inclusión a la experiencia cotidiana de las escuelas

Estudiantes y docentes de escuelas con las que el Centro de Investigación para la Educación Inclusiva (EduInclusiva), ha trabajado durante los últimos cinco años participaron en un taller de validación del Modelo Ecológico de Prácticas Educativas Inclusivas, propuesta que analiza la inclusión desde la experiencia del estudiantado, las prácticas educativas y las condiciones institucionales que pueden favorecerla o restringirla.

¿Cómo saber si un alumno realmente se siente incluido en su escuela? Más allá de las normas o de acciones aisladas, la respuesta estaría en lo que ocurre diariamente en la sala de clases, los recreos, los trabajos grupales y en las relaciones que se construyen dentro de la comunidad educativa. Esta mirada estuvo en el centro del Taller de Validación del Modelo Ecológico de Prácticas Educativas Inclusivas, desarrollado por el Centro de Investigación para la Educación Inclusiva, EduInclusiva.

La actividad reunió a estudiantes y docentes de establecimientos educacionales con los que EduInclusiva ha desarrollado un trabajo sostenido durante los últimos cinco años, quienes aportaron su experiencia para revisar y validar una propuesta construida a partir de la realidad de las propias comunidades escolares.

El modelo busca comprender la inclusión desde tres niveles relacionados entre sí: la experiencia de las y los estudiantes; las prácticas desarrolladas principalmente por docentes en los distintos espacios educativos; y las condiciones institucionales que permiten o limitan esas prácticas.

La investigadora principal principal de EduInclusiva Fabiola Otárola explicó que el corazón del modelo está precisamente en el estudiantado. “Hemos diseñado un modelo que tiene tres grandes niveles. El nivel interno, que es el corazón de nuestro modelo, donde están las y los estudiantes; un nivel intermedio, asociado directamente a la práctica docente y a lo que sucede en el aula, entendida como un espacio ampliado que también considera el recreo, el comedor, la biblioteca y otros lugares de la escuela; y posteriormente las condiciones institucionales”, señaló.Esta relación implica que una práctica considerada inclusiva no depende únicamente de la intención del adulto que la implementa. También requiere que sea reconocida como tal por quienes la reciben. “Si el estudiante no la percibe, considera que no responde a sus necesidades o no la vive como una experiencia

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